Capítulo 1 — La carta · Rai · Vallecas, 1996
Vallecas se despierta como siempre: las persianas metálicas chirriando al subir, el olor a pan tostado de mis padres, el primer gitano tocando la guitarra en la esquina, y el motor de una moto rugiendo entre los bloques. Todo estaba en marcha, pero dentro de mí, algo se detiene en seco.Estaba en la cocina, medio adormilado, con la taza de café con leche y ColaCao en la mano y las ojeras de una noche regular. Mis dos hermanas desayunan en la mesa—la mayor concentrada con su Super Pop, la pequeña peleando con un yogur de Yoplait. Mi padre entra con el correo. Era ese tipo que apenas habla, pero que todo lo decía con la mirada. Hoy esa mirada pesa más que de costumbre.
Me lanza el sobre encima de la mesa, sin ceremonias. La taza de café tiembla un poco por el golpe.
—Toma, esto es para ti. Para mí. Nunca llega nada a mi nombre. Ni recibos, ni notas del instituto, ni mierdas de propaganda. Pero esta sí. Era un sobre blanco, más rígido que los normales. Con el sello del Gobierno en la esquina superior. Las letras negras con mi nombre completo.
Lo sé antes de abrirlo. Mi padre me observa en silencio. En sus ojos había un brillo raro, mezcla de orgullo incómodo y una nostalgia que no quiere mostrar. Como si en ese sobre estuviera también su propia juventud, esa que tuvo que dejar atrás hacía veinte años en Zaragoza. Como si supiera que cuando cruces esa puerta, algo de ti se va a quedar allí dentro.
Mis hermanas dejan lo que estaban haciendo. La mayor levanta la vista de la revista. La pequeña me mira sin hablar, como si ya supiera.
—¿Es la mili, no? —pregunto sin mirarlo. Él asiente, lento.
No dije nada. Me guardo el sobre en la chaqueta y salgo al descansillo. Subo los cinco pisos hasta la azotea, como siempre hago cuando necesito respirar.
La puerta se abre con ese chirrido oxidado de siempre. Me recibe el viento, el barrio entero desplegado ante mí como un mapa torcido de recuerdos. Las antenas apuntando al cielo gris, las cuerdas de tender ropa danzando con el aire, los ladridos lejanos, las sirenas, las voces que suben desde abajo.
Me senté en el sofá viejo, ese que subí meses atrás entre risas con Jacobo. Me dejé caer. Saqué la carta. La dejé sobre las piernas. La miré sin abrirla.
No hacía falta leerla. Sé perfectamente lo que pone. Llamada a filas. El sorteo de destino llegará pronto. Me pueden mandar a Melilla, a Galicia, a Tenerife. Da igual. Todos los caminos conducen a lo mismo: nueve meses lejos de aquí, cobrando mil miserables pesetas al mes, lo que no daba ni para un par de Coca-Colas y unas pipas Facundo.
Lo primero que pensé no fue en mí. Fue en Nadia. En su risa medio burlona, en esos ojos que brillan verde oscuro con las luces de Over Drive, en cómo apoyaba la cabeza en mi hombro aquella noche en la noria cuando todo parecía que iba a durar para siempre.
Y ahora qué? ¿Qué le digo? ¿Nos vemos en nueve meses? ¿Como si nada?Luego la mente me va saltando—Jacobo, que sin mí probablemente se meta en más líos. Arenas con su risa fácil. Los bacalas riéndose en la puerta del instituto. Pipo fumando en la esquina. Mis hermanas, en casa, viéndose así de la noche a la mañana sin su hermano mayor. Misu, mi gato. Mi madre gritándome desde la cocina: "¡Rai, la comida\!". Y mi padre... mi padre con esa forma suya de apretar los labios para no decir que me va a echar de menos.
Pensé en los exámenes que se iban a ir a la mierda. En el trabajo de repartidor de los fines de semana. En las cintas piratas que grababa por la noche. En los recreativos. En la vida que estaba empezando a construir. Mi vida.
Y esta carta... esta carta lo corta todo. De una línea negra.
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No era justo. No quería irme. No quería fregar botas de militares hasta verme reflejado en ellas. No quería flexiones al grito de sargentos que huelen a sudor viejo. No quería gritar "¡Sí, mi sargento\!" cuando lo que quería gritar era otra cosa. No quería dormir en una litera mirando al techo mientras otros roncan. No quería estar meses sin ver a los míos. No quería obedecer por obedecer, sin preguntar por qué. Ni aprender a marchar en formación como si fuéramos robots. Ni a disparar armas que no entiendo. Ni a callar cuando todo me grita por dentro.
Solo quería seguir aquí. En Vallecas. En Over Drive. En la vida que estaba construyendo.
Pero el Estado tenía otros planes. Y yo no era más que un papel en una lista. Un número en una fila.
Respiro hondo. El viento me golpea la cara como si el barrio mismo quisiera despertarme. Noto el corazón acelerado. Las manos me tiemblan un poco.
Y entonces, despacio, como quien abre una puerta sabiendo que no puede cerrarse, abro la carta.
Las letras negras sobre papel blanco. Oficiales. Definitivas. No había vuelta atrás desde aquí.
Rai · Vallecas, 1996 Capítulo 2 — El sorteo
En Vallecas, la mili siempre fue como una ley no escrita. Tarde o temprano te tocaba. Nadie lo discutía. Era parte del lote, como el DNI o la foto del instituto en la que sales con cara de empanao, el pelo aplastado por la gomina barata y esa expresión de no saber muy bien qué haces ahí.
Esa semana el sorteo estaba en todas partes. En el instituto, en los recreativos, en el Burger King de la avenida, donde nos gastábamos las monedas en Whoppers con queso y patatas que siempre estaban frías, en las conversaciones que se colaban entre clase y clase como un ruido de fondo imposible de apagar. Hasta en casa. Mis hermanas hablaban de las madres de los chicos que ya se habían ido como si fueran parte de una cofradía silenciosa, mujeres que se reconocían por la mirada cansada y las cartas escritas a mano.
Yo intentaba no pensar en ello. Pero era imposible. En el recreo, apoyados en la barandilla del patio, con el eco de un balón Mikasa golpeando contra la pared y los de primero corriendo como si no pasara nada, Jacobo fue el primero en soltarlo.
—¿Y si te toca Melilla? —dijo, mascando un chicle que ya no tenía sabor—. Dicen que allí te despiertan a tiros, no con corneta.
—No digas gilipolleces —respondí —. Como me toque Ceuta me da algo. Ahí no va ni Dios... ni los camellos.
Intenté reírme, pero se me quedó a medias. Tenía el estómago encogido, como antes de un examen de electrónica para el que no habías estudiado lo suficiente.
Culebras apareció por detrás, con esa sonrisa torcida suya, siempre a medio camino entre la broma y el mal rollo.
—Mi primo estuvo en Zaragoza —dijo —. Volvió peor de lo que se fue.
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Le hacían fregar el suelo con un cepillo de dientes mientras le gritaban "¡Más rápido, recluta\!". Y por la noche, a dormir con la escopeta entre las piernas, como si fuera tu novia. Hizo una pausa, disfrutando del silencio. —Eso sí —añadió —, ahora sabe liar cigarros con una mano. Algo bueno tenía que salir.
Arenas negó con la cabeza, como si supiera una verdad que los demás no.
—Todo eso es cuento. La mili es un paripé. Si tienes padrino en el ayuntamiento, te quedas en Madrid. Si no, te mandan lejos. Canarias, por ejemplo. Pero no a la playa, claro. Al cuartel, a sudar como un cerdo.
—Tendremos que ver el Teletexto para ver si salen el sorteo. Por la tarde bajamos a los recreativos: las máquinas de Street Fighter II, el olor a tabaco, y los petacos cascados en la esquina. El zumbido del tubo fluorescente, el olor a tabaco frío y las monedas chocando contra el metal eran los de siempre, pero todo sonaba distinto. Eché cien pesetas a la máquina del Street Fighter II y elegí a Ryu, como siempre. Jacobo se puso a Ken. Le di dos hostias seguidas pero en el tercer asalto me pillo con el Shoryuken y me dejó K. O. Ni siquiera me dio rabia. Tenía la cabeza en otro sitio.
—Cuando te vayas, me quedo tu turno —dijo Jacobo, señalando la recreativa.
—Ni de coña —le contesté —. Vuelvo y te reviento. Lo dije sin pensarlo. Como si volver fuera algo garantizado. Esa noche, en casa, el tema volvió a salir. Mi madre planchaba en silencio. Mi padre veía la tele (Médico de Familia o algún partido) sin verla, de fondo.
Mis hermanas discutían por el mando mientras un anuncio chillón prometía felicidad a plazos.
—En el ayuntamiento ya han colgado las listas —dijo mi madre, sin mirarme—. Mañana podéis ir a verlas. Asentí. No dije nada.
A la mañana siguiente llamaron al timbre antes de las diez. Era Jacobo, con su mochila roja de siempre, la del agujero en la esquina, como si fuéramos a ir a cualquier sitio menos allí. Poco después llegó Nadia. Entró tranquila, sin preguntas, como si ya lo tuviera decidido.
—Vamos contigo —dijo. No insistí. A veces aceptar cansa menos que discutir. Bajamos a la calle sin prisa. El tablón del ayuntamiento estaba en la entrada. Unas hojas dobladas, mal pegada, escrita a máquina, con grapas torcidas y manchas de típex. Nombres y destinos. Letras grises.
Me acerqué despacio. Leí otros apellidos antes que el mío. Cada línea era un latido más fuerte.
Cuando lo vi, no supe qué sentir. Madrid. Regimiento de Transmisiones Estratégicas. No era Melilla. No era Ceuta. No era Zaragoza. Pero tampoco era quedarse.
—¿Dónde? —preguntó Jacobo. —Madrid —dije. Nadia me apretó la mano. Fuerte. Sin decir nada. En ese momento lo entendí. Que no importaba si estaba cerca o lejos. Que el sorteo no era el destino en sí, sino la puerta que acababa de abrirse. Y que, aunque siguiera durmiendo en mi barrio durante un tiempo, ya había empezado a irme.
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