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KANNEDA
Portada de ECOS DE LA NOCHE 1990

▌ Nuevo · Novela · precuela

Ecos de la Noche 1990

El Inicio

Vallecas · Madrid · 1990

Saga
Ecos de la Noche · precuela
Ambientación
Vallecas · Madrid, 1990
Formatos
Tapa blanda · Kindle · Audiolibro
Páginas · precio
112 págs · 9,99 €
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▌ El principio de todo

Vallecas, 1990. Rai tiene quince años, cien pesetas en el bolsillo y un transistor con el que caza canciones al vuelo. Una noche de enero, castigado sin salir, gira la ruedecita hasta el final del dial y encuentra algo que no debería existir: una música que no se acaba nunca y una voz de chica que susurra, a las doce en punto, «si nos habéis encontrado, ya sois de los nuestros».

Esa emisora pirata unirá a una pandilla irrepetible en el verano más largo de sus vidas: recreativos, cintas grabadas en una azotea, primeros besos en la verbena y una discoteca legendaria al otro lado de Madrid. Aprenderán que el barrio te da una familia elegida… y que todo se acaba pagando.

La precuela de Ecos de la Noche.

Toda historia tiene un antes. Este es el de Vallecas.

▌ Lee el principio

El capítulo 1, entero y gratis.

8 min de lectura · el mismo texto que el libro

Portada de ECOS DE LA NOCHE 1990

Capítulo 1 — Cien pesetas · Rai · Enero

El invierno en mi barrio sonaba a persiana. A las nueve de la mañana de un sábado, todas las persianas de mi bloque subían casi a la vez, una detrás de otra, como una máquina tragaperras que nunca daba premio. La de nuestro salón era la última y la más ruidosa. Mi madre decía que había que engrasarla. Mi padre decía que ya. Llevaban así desde que yo tenía memoria.

Aquel sábado hacía un frío de los que se meten por las mangas. Desayuné de pie, mojando el pan en el ColaCao, mientras mi hermana la mayor leía la Super Pop apoyada en la nevera como si la nevera fuera suya, y la pequeña me perseguía por la cocina con un cuaderno.

—Rai, dibújame un caballo.

—Luego.

—Siempre dices luego.

—Porque siempre es luego.

Mi madre me puso cinco duros más en la mano sin decir nada, aparte de los setenta y cinco que me tocaban. Cien pesetas justas. Me miró de esa manera suya que significaba no me busques un disgusto, y yo guardé las monedas en el bolsillo pequeño del vaquero, ese que no sirve para nada más que para eso.

Mi padre no dijo nada porque estaba en el sofá, con el periódico, y mi padre en el sofá con el periódico era un mueble más del salón. Un mueble con un botellín de Coca-Cola de cristal sudando al lado y el vaso hasta arriba de hielo. A veces pasaba una página, o hacía sonar los cubitos, y era lo más parecido a una conversación que teníamos en toda la semana.

Bajé los cinco pisos saltando los escalones de dos en dos, que era la única manera conocida de bajarlos, y la calle me recibió con ese olor a frío y a churros que tenía el barrio los sábados por la mañana. En el quiosco, el Emilio colocaba los periódicos con guantes de lana cortados por los dedos. En el banco de la plaza ya estaban los mayores de siempre, con la primera litrona del día sudando frío entre las zapatillas, hablando alto de un partido que todavía no se había jugado. El Rayo estaba en Primera ese año. En el barrio se decía “estamos en Primera” igual que se decía “ha salido el sol”: como si fuera de todos.

Para ir a los recreativos había dos caminos. El corto pasaba por debajo del puente. El largo daba la vuelta por la calle del mercado. Yo iba por el largo. No porque me lo hubiera pedido mi madre, que me lo había pedido, sino porque debajo del puente, incluso de día, había siempre dos o tres figuras quietas junto a los pilares, con las cazadoras subidas hasta las orejas, moviéndose despacio, como si el frío no fuera con ellos. Desde la otra acera parecían estatuas mal hechas. Nadie nos había explicado gran cosa. No hacía falta. En mi barrio los sitios por donde no se pasaba se aprendían antes que las tablas de multiplicar.

Los recreativos Costa Azul no tenían nada de costa ni nada de azul. Tenían una cortina de tiras de plástico en la puerta, un cartel de PROHIBIDO FUMAR amarillo de humo y al señor Paco, que vivía dentro de un mandil con dos bolsillos: uno para los duros y otro para las monedas de veinticinco. Cuando abrías la cortina, el ruido te tragaba. Yo conocía cada máquina por su voz sin mirarla: el Out Run con su musiquilla de verano eterno, el Tetris con sus pitidos de contar hacia atrás, los petacos con su traca de feria. Y al fondo, la reina: la Final Fight, que rugía.

Mi plan era el de todos los sábados: cuatro partidas de veinticinco, bien administradas, que con suerte y sin prisas daban para toda la mañana.

El problema fue que la Final Fight estaba ocupada.

Había un chaval de mi edad que no conocía de nada, y eso ya era raro, porque en el barrio conocías a todo el mundo aunque no conocieras a nadie. Llevaba un chándal azul con las rodillas dadas de sí y jugaba echado sobre la máquina, pegado al cristal, como si quisiera meterse dentro. Y lo peor: jugaba bien. Muy bien. Llevaba media pantalla más de lo que yo había llegado nunca y ni siquiera parecía nervioso. Se reía él solo. Le hablaba a los malos.

—Ven, ven, ven aquí, pichón.

Dejé mis veinticinco pesetas en el borde del cristal, en la esquina, que era como se pedía turno en todos los recreativos del mundo, y me quedé mirando por encima de su hombro. Sin querer, hice ese ruido con la boca, ese chasquido, cuando le pegaron por la espalda.

Paró de jugar medio segundo, lo justo para mirarme de reojo.

—¿Tú de qué te ríes?

—De nada. Te iban a dar por detrás.

—Ya lo había visto.

Le dieron por detrás. Perdió la vida ahí mismo, con el muñeco cayendo a cámara lenta y la musiquita de la derrota, que era la música más cruel que se había inventado nunca. Se quedó mirando la pantalla, luego mis veinticinco pesetas en el cristal, luego a mí.

—Bueno, listo. Enséñame.

Metí mi moneda. Aguanté menos que él. Bastante menos. Cuando el muñeco cayó, el chaval del chándal azul soltó una carcajada tan grande que el señor Paco levantó la vista del mandil.

—Eres malísimo —me dijo, y no lo decía con mala leche, lo decía como se dice un descubrimiento científico—. O sea, malísimo de verdad. ¿Cómo puedes ser tan malo con lo bien que mirabas?

—La máquina está dura —dije yo, que era lo que se decía siempre.

—La máquina está igual para todos.

Y ahí, en vez de reírse otra vez, hizo una cosa que no me esperaba: sacó veinticinco pesetas de su bolsillo, las metió en la ranura, le dio al botón de dos jugadores y señaló la palanca con la barbilla.

—Venga. A dobles se te ve menos.

Se llamaba Pipo. Bueno, se llamaba de otra manera, me lo dijo y se me olvidó en el acto, porque me dijo inmediatamente después que todo el mundo le llamaba Pipo y hay motes que borran los nombres para siempre. Era de la otra punta del barrio, de los bloques de detrás del mercado, y estaba allí porque en sus recreativos de siempre le habían puesto una máquina nueva de marcianos “que era una estafa”. Jugamos mi segunda moneda y su segunda moneda. Con él al lado era otra cosa: me cubría la espalda sin mirarme, como si tuviera un ojo para cada uno, y cada vez que me salvaba de una gritaba “¡de nada\!” antes de que me diera tiempo a decir gracias.

Entre partida y partida me contó que su hermano mayor trabajaba en un taller y que un día de estos le iba a dejar una moto, y que su hermana estudiaba mucho, demasiado, y que en su casa se comía a las dos en punto pasara lo que pasara. Yo le conté lo de las cintas, que por entonces no era nada, solo que me gustaba grabar canciones de la radio cazándolas al vuelo, con el dedo en el REC, y que tenía una colección. Me miró como se mira a los raros. Pero como se mira a los raros que te caen bien.

Llegamos más lejos de lo que yo había llegado nunca. Dos barrios más allá dentro de la pantalla, un jefe nuevo que ninguno de los dos conocía. Nos mataron a los dos casi a la vez, primero a mí, claro, y luego a él, que se quedó protestándole al cristal como si el cristal tuviera la culpa. Yo puse mis últimas veinticinco pesetas en el borde. Él puso las suyas al lado. Dos monedas iguales, tocándose.

—La última —dijo—. En mi casa se come a las dos.

—En la mía también.

—Todo el mundo come a las dos. Este país es una máquina.

La última partida fue la mejor y no llegamos ni de lejos tan lejos como la anterior, que es una cosa que pasaba mucho con las últimas partidas y con las últimas cosas en general, aunque eso yo entonces no lo sabía. Cuando salimos, la calle se había puesto de mediodía, con el sol bajito de enero que alumbraba pero no calentaba, igual que la estufa de butano de mi abuela.

—¿Vienes mucho? —me preguntó, subiéndose la cremallera del chándal hasta la barbilla.

—Los sábados.

—Pues el sábado que viene te enseño a no ser malísimo. Es largo, aviso. Igual necesitamos el año entero.

Se fue hacia el mercado andando como andaba él, que ya lo iría conociendo yo: con las manos en los bolsillos y dando pataditas a una chapa imaginaria, sorteando a la gente sin mirarla. Le oí reírse solo, todavía, a media calle. Debía de ir repitiéndose lo de malísimo.

Volví por el camino largo. En la plaza, los mayores iban ya por la segunda litrona y habían pasado del partido a los carnavales. Debajo del puente, a lo lejos, las figuras seguían en el mismo sitio exacto donde estaban por la mañana, como si el día no hubiera pasado por allí. Una de ellas se agachó despacio a recoger algo del suelo, o a dejarlo, y yo aparté la vista sin decidirlo, con ese movimiento automático del cuello que en mi barrio venía de serie.

En casa olía a puchero. Mi padre había cambiado el periódico por la radio y la radio decía nombres de futbolistas. Mi hermana la mayor había terminado la Super Pop y había empezado otra vez la Super Pop. Comimos a las dos, claro. En la mesa conté que había echado unas partidas con uno nuevo, y mi madre preguntó de quién era hijo, que era la única pregunta que hacían las madres del barrio, la pregunta con la que te situaban en el mapa. Le dije que no lo sabía. Me miró como si hubiera vuelto del extranjero.

Por la tarde le dibujé el caballo a mi hermana. Me salió regular, las patas de atrás no hay quien las dibuje, pero ella lo pegó en la puerta de su cuarto con celo, torcido, a la altura de sus ojos, que era la altura a la que se colgaban las cosas importantes en aquella casa.

Aquella noche, en la cama, con las manos todavía oliendo a moneda, me di cuenta de que no le había preguntado el nombre de verdad. Pipo. Los ecos del recreativo me duraban en los oídos como dura el mar dentro de una caracola: el Out Run, los petacos, el rugido de la Final Fight, su carcajada por encima de todo el ruido.

Eres malísimo, había dicho.

Me dormí sonriendo, el muy imbécil.

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